viernes, 28 de septiembre de 2012

Parroquia de San Lorenzo


San Francisco de Asís (h. 1730)
Escuela genovesa. Atribuido a Antón María Maragliano.
Madera tallada, policromada y estofada.

Capilla de la Archicofradía del Pilar. Parroquia de San Lorenzo.

Exposición “Cádiz, entre Sevilla y Génova” (septiembre-octubre de 2011)

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Congregación de San Cayetano


El último retablo de la nave de la epístola de la Parroquia del Rosario, está dedicado a San Cayetano. Este santo tuvo su propia congregación en el siglo XVIII.

En la reforma del templo, entre 1783 y 1823, que contemplaba la decoración integra de la iglesia con nuevos retablos en mármoles de colores, dicha congregación no tuvo suficientes recursos para afrontar los gastos del suyo, realizado entre 1790 y 1796, y tuvo que ser financiado -como otros tantos de la iglesia- por la generosidad del Marqués de Valde-Íñigo.

Años antes, en 1774, dicha congregación sí pudo costear un pequeño folleto (1) con los ejercicios piadosos que practicaban en la entonces parroquia auxiliar. Fue impreso por Pedro Gómez de Requena y como solía ser costumbre, siempre que el presupuesto lo permitiera, contiene un grabado, en este caso evidentemente de San Cayetano, obra de Pablo Ganzino. 

Para esta estampa, este grabador se inspira -salvando las diferencias- en los modelos que triunfan en la época, sobre todo de los Klauber, con una estética rococó, pero con un dibujo más simple y menos minuciosidad en los detalles.

En la obra del grabador Pablo Ganzino es de destacar su trabajo en el libro “Tratado instructivo y práctico de maniobras navales, para uso de los caballeros guardias marinas” de Santiago Agustín de Zuloaga, impreso en Cádiz en 1766, en la imprenta de Manuel Espinosa de los Monteros, donde ilustra el texto con diversos asuntos relacionados con la marina.
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(1) Biblioteca Unicaja de Temas Gaditanos Juvencio Maeztu. Fondo de folletos.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Armarios del Museo Catedralicio


En esta antigua tarjeta postal, quizás de principios del siglo XX, podemos contemplar uno de los dos armarios que se encuentran actualmente en el Museo Catedralicio y que, hasta la apertura de sus nuevas instalaciones en la Casa de la Contaduría, albergaron dos de las  custodias más llamativas del tesoro de la catedral.

Actualmente se exponen como dos piezas más del museo, cerca de las custodias que en otro tiempo guardaron, pero ya han conseguido su propio protagonismo.

La Guía Rosetty de 1891, nos da unos precisos datos del origen de estas piezas. Fueron donadas en abril de 1890; “Por donativo del Sr. D. Francisco Vélez y Carbonell, hecho al Cabildo Catedral, posee ya este dos magníficos estantes forrados de bellos y antiguos azulejos flamencos del siglo XVII, muy propios para la guarda de alhajas”

Lo que más me llamó la atención de esta imagen es que -seguidamente explicaré por qué- tras la custodia llamada “del Millón”, se podía observar esa curiosa decoración de azulejos de Delft que tienen estos armarios interiormente.

No sé exactamente cuándo se taparon estos azulejos, quedando tapizado el interior de los armarios con tela de damasco rojo. Existe una publicación turística titulada “Guía Turística de Cádiz y Provincia” publicada por Iniciativas Turísticas Españolas, en 1966, donde aparece una foto del otro armario, con la custodia de Ana de Viya, y todavía puede verse su fondo de azulejos. 


El caso es que una vez tapados y pasadas algunas décadas se perdió la memoria de su primitiva decoración. No deja de resultar curioso cómo al restaurarlos en el año 2000 para la inauguración del museo, el descubrimiento de los azulejos resultó todo un hallazgo que causó gran sorpresa y así lo reflejó la prensa. Claro que, pensándolo bien, después de estos doce años, ahora ocurrirá al revés, ya lo mismo nadie se acuerda de que estuvieron ocultos bastantes años.

De todo esto quizás se puedan extraer varias enseñanzas. Creo que una de ellas podría ser que si “tapamos” nuestro pasado -nuestra historia-, no lo enseñamos correctamente o no lo divulgamos, en poco tiempo se olvida lo que realmente ocurrió. Las generaciones venideras no lo conocerán, es decir, para ellos no existirá. Así de frágil es la memoria. Y no siempre se puede tener la suerte de que algo o alguien pueda volver a poner las cosas en su sitio.

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