martes, 26 de noviembre de 2013

Santísima Trinidad

El beato Fray Diego José de Cádiz,  aunque nació en la capital gaditana en 1743, llevó una labor apostólica dentro de la Orden de los Capuchinos que le llevaría a predicar misionando por toda España. Fue un gran propagador de la devoción a la Santísima Trinidad; con “Alabada sea la Santísima Trinidad” comenzaban sus sermones. Luchaba para que en las iglesias siempre hubiera un altar con este misterio y en las calles y plazas se colocara algún cuadro para su pública veneración.

Siendo esos sus deseos, en Cádiz -como en otras muchas ciudades de España- fueron complacidos colocando este lienzo en la fachada de la iglesia de San Antonio que da a la plaza del mismo nombre y bajo el balcón donde predicó. Como decía anteriormente, recorrió toda la geografía española con sus misiones. A Cádiz regresó en dos ocasiones; en 1777 y en 1798. Fue tras esta última misión, cuando el cabildo municipal se volcó en agradecimientos con la orden capuchina, agradeciendo la venida del predicador, donando al convento 50 escudos anuales, nombrándolo capellán de honor de Cádiz y por último colocando este cuadro de la Santísima Trinidad.

Aunque actualmente se encuentra se encuentra en el interior de la iglesia, en dependencias parroquiales, mantiene la estructura que presentaba cuando estaba situado en el exterior. Posiblemente fuera durante el Trienio Liberal cuando cambió su ubicación, ya que en esa época fueron retiradas de la ciudad todas las representaciones religiosas que se encontraban en lugares públicos.

A modo de retablo-marco, en mármol, presenta un diseño con un cuerpo donde se encuentra la pintura, rematándose por arriba con frontón curvo y bajo el lienzo una repisa sustentada por ménsulas. En la repisa se encuentra la conocida oración a la Santísima Trinidad que dice: Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, líbranos Señor de todo mal.

La obra presenta la iconografía más habitual de la Santísima Trinidad, con el Padre como anciano de días, el Hijo como Cristo glorioso portando la cruz y el Espíritu Santo en forma de paloma. El grupo está rodeado por querubines.

Un dato anecdótico del periodo en que se encontraba en la fachada de la iglesia ocurrió durante el asedio a Cádiz por el ejército francés, en el año de 1812, cuando las bombas de mayor alcance llegaron hasta la misma plaza de San Antonio. Una de esas bombas cayó a las puertas de la iglesia de San Antonio, casi a los pies de este cuadro.
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Bibliografía
Alonso de la Sierra, Lorenzo. El retablo gaditano del Neoclásico. Imafronte nº 3-4-5. 1987-88-89. Págs. 447-467

Castro, Adolfo de. Cádiz en la Guerra de la Independencia. Librería de la Revista Médica. Cádiz 1864

Morgado García, Arturo. La Diócesis de Cádiz: De Trento a la Desamortización. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz. 2008

lunes, 11 de noviembre de 2013

Litografía de la Santa Cueva

En una entrada anterior hacía referencia a la lámpara de cristal de La Granja que ilumina la capilla alta de la Santa Cueva. Vuelvo a hacer referencia a ella con la intención de comentar esta litografía que aparece en el libro de Manuel de la Escalera “Nomenclátor de las calles de Cádiz”, impreso en 1856. En ella aparece la capilla alta, con una curiosa perspectiva del dibujante y litógrafo J. B. Gratry, parecida a la que ofrecería una fotografía actual con un objetivo gran angular.

Las litografías que aparecen en este libro representan con bastante fiabilidad el aspecto real de los monumentos en aquella época. Por ello, me llama la atención que se ve la gran lámpara de La Granja acompañada por otras dos de menor tamaño. La fiabilidad de las representaciones que comentaba anteriormente, me hace pensar que realmente existieron esas otras dos lámparas menores y que, probablemente, serían de la misma o similar categoría que la central.

No he encontrado nada más sobre su existencia o dónde habrán podido ir a parar, pero al menos de esta forma  reflejo esta curiosa información que nos ofrece la litografía, a la espera de encontrar algún otro dato o que alguien nos ayude en este pequeño enigma.

Por cierto, otra curiosidad de la litografía -recordemos que se encuentra en un libro fechado en 1856- es que podemos ver cómo la cúpula no está pintada.
La decoración que ahora presenta se hizo treinta años después, entre 1886 y 1887 a consecuencia de unas obras de restauración del oratorio que incluyeron la pintura de la cúpula. Realizada por el pintor italiano Antonio Cavallini, imita yeserías y causa el efecto de trampantojo, muy celebrado por su perfección en la imitación de los relieves con los juegos de sombras.
Este añadido, que no estaba contemplado en el muy meditado proyecto inicial, desvirtúa para algunos la estética que presentaba la capilla. Tal vez, pudiera ser en esa fecha cuando desaparecieran las otras dos lámparas menores que comentaba anteriormente.

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